
Un sostenido y apasionado encarrete.Muchas voces el café se enfriaba, las hojas del libro pasaban una tras otra y aquella cafetería de la calle Corrientes de Buenos Aires, asistía a la mutación de esa muchacha fogosa, grandota y agresiva, en una tímida mujer que veía pasar el amanecer esperando la hora de irse a trabajar.Diez o doce años antes la misma persona alborotaba una casa de judíos medios en la misma ciudad, donde un padre estudioso y dedicado lograba a veces encerrarla para que aprendiera poesías judías, canciones vernáculas, con el único fin de mostrar a su niña linda a los amigos, capaz de recitar parrafadas y cantar por entre los huecos de los dientes caídos. Desde esa época el buen judío lituano, el discreto senor Mikey que veía el futuro de su hija entre textos de jurisprudencia, sin quererlo, había sembrado en ella la ponzoña de las tablas. La niña crecería entre las calles de la gran ciudad (en esa época de pandillas jamás se me ocurrió tener una muñeca), se rebelaría contra la educación estricta pero al final accedería ingresar a la escuela de derecho. Seis meses después tendría que huir de casa pues ya el teatro se había instalado en su voz, ya en ese momento con los primeros sones roncos, las risas que se van prolongando hasta el sofoco, el carraspeo histriónico de su garganta y esa fuerza que luego atronaría las salas de teatro en Colombia.La vida a la manoPero antes de ello, en esa transición de la rebeldía animal, visceral, hacia la contradicción con un medio que la quería condicionar a lo obvio, Fanny Mikey había recibido sus palizas (mi hermanito menor me preguntó que por que los judíos ayunaban el día del perdón, y le contesté que porque eran bobos y creían que por un día de ayuno borraban los pecados de todo un año). Por la misma época se destocaba en los bares al son de las orquestas argentinas de jazz, y salía de casa con sus amigos judíos que en la esquina la abandonaban a la francachela con los menos castos católicos. Había renunciado a celebrar las fiestas de su religión, pero muchas décadas después en Israel sufriría una conmoción mística (empecé a sentir que soy judía más allá de mi razonamiento, y aunque no digo que soy judía, si alguien habla mal de ellos, me rebelo con una extraña fuerza interior, con mi inconsciente colectivo.)Y el café se enfriaba. (¿Si uno no se leía una novela diaria de qué carajo hablaba con los amigos?). Por sus manos habían pasado los escritores franceses. Unos libros reposaban en la biblioteca pública al lado de su casa. Anatole France, Zolá (me leí Naná a los 13), y desataba una pasión desmadrada como todas las suyas, por Roman Rolland. A los 15 años nadie de su edad dejaba de leer en Buenos Aires -bueno, en ese Buenos Aires que no duerme por pasar la noche en las librerías entre la chamusquina del cigarrillo y el polvillo de los libros- a los existencialistas Fanny no se libraría entonces de Albert Camus, Sartre, Gabriel Marcel y toda la avalancha de la postguerra, que de boca en boca iba penetrando la cultura argentina, la de los muchachos que como Fanny habían estado en París, se contagiaban del teatro, dormían sólo por las tardes, se atragantaban de "sánduches" y tenían la vida tan a la mano, que no vacilarían en salir de la gran ciudad para desembocar en un puerto del Pacífico colombiano.
Desbocadamente tropicalFanny, como se ha dicho, eran grandota, y a los 16 años parecía de 25, aunque poco tiempo atrás aún estuviera en la escuela recitando poesías el día de la madre. Los hombres la miraban con ese modo típico del deseo masculino (sentía que sólo me deseaban y como pertenezco desgraciadamente a esa generación que no se liberó sino después de los 17, que llegó intacta al matrimonio, que se moría de calenturas por los tipos que ¡ay que me tocaran el agujeritó!, se me creó entonces un caos en la cabeza, porque al mismo tiempo otros hombres querían estar a mi lado quizá por culta o inteligente).Pero eso la hizo reflexionar (mandé a la mierda mi condición de niña lind6, me casé, año nuevo, vida nueva, empecé a actuar cn el Teatro Latinoamericano, me separé, trabajaba con cl gran Jorge Lavelli y conocí a Pedro Martínez, el verraco intelectual de la época que se fue a un sitio llamado Bogotá).La cuestión duró cinco meses. Desde ese sitio que uno pronuncia como si tuviera algo caliente entre los dientes, Bogotá, Pedro le mandaba cartas, largos panegíricios donde le hablaba de una supuesta Atenas Suramericana y como Fanny estaba segura que algo de ese tipo se le había quedado, en un acto de valor juvenil'alquiló su pequeño apartamento, le dijo adiós a los lituanos, se echó al hombro al folclorista Esteban Cabezas (hoy esposo de la Negra Grande), el tipo que le enseñaba a bailar salsa en Buenos Aires y fue hasta Valparaíso desde donde un barco la depositó en Buenaventura. Bajó por la pasarela -de repente un poco como entrando una vez más a escena, pero esta vez una escena lluviosa, desbocadamente tropical, negra y zumbona- y vio a Pedro que la esperaba empapado. (Eran las siete de la noche y apenas me bajé del barco un tipo me tocó el culo, le nombré la madre y se armó tremendo rollo).
La camisa y el bluyinDos días después otro tipo le tocaría el culo, esta vez en Bogotá, ella le pegaría con la cartera y empezaría a odiar esa ciudad gris, chata, heredera bastarda de una Europa mojigata que, por serlo, escondía toda su condiciór¦ casquivárla (ahora pienso en Gabito cuandQ l¦abla de la ciudad de los paraguas, los sobretodos y las ruanas, y en efecto en ese lugar nó había nada, no había teatro, le tocaba a uno ir al Telebolito, el bar donde se reunían los pocos intelectuales, como mera excusa para tomar trago y pensé, me voy de este país).Pero un día apareció un olor a tabaco y era Enrique Buenaventura que llegaba de Cali y que había vivido tres años en Buenos Aires. Era el año de 1959 y la convenció de que se fuera a Cali a dictar unos cursos de teatro.Pero le costó a Fanny enamorarse de Cali, de sus negros, del bolero, de su olor, inclusive del apartamentico con cocina del séptimo piso de las residencias Aristi. (No me sentía en un hotel, trabajaba en Bellas Artes y en el Teatro Municipal, los fines de semana íbamos como terapia a Juanchito, entonces no había salsa pero si son, y allí estaban La Sonora Matancera, Los Matamoros. No hubo escuela de teatro más perfecta que la de aquellos años. El TEC, París con A la diestra de Dios Padre en 1960, los profesores de pantomima que me mandó la Unesco, los estudios de esgrima, de historia del arte y del teatro, yo cagada del miedo viajando en esos aviones destartalados de Taxader, los 500 pesos mensuales que me ganaba, los gastos compartidos con Pedro, la camisa y el bluyín, nada más, dos aguardienticos con los amigos, la locura, la fiebre de preparar los festivales de arte de Cali y viéndolo desde acá, ahora, desde este apartamento donde se ve el norte de Bogotá, con mi hijo ronroneando entre las cobijas y esta sopa de pescado y los murmullos que dejaron los amigos de la última rumba, y estos 35 años de vida en escena, creo que allí, en esos días, fue cuando def¦nitivamente me encoñé de Colombia porque me sentí más importante como ser humano que como artista.
Algo épico dentro de miFanny regresó siete años después a la Argentina donde vivió desolada todo un año. Quería también encoñarse de su país, aceptó una gira nacional, le iba bien en el teatro, hasta que un día se leyó Cien años de soledad y entendió que extrañaba las locas noches de Colombia, las calles de Cali donde la saludaban, "adiós loquita", por su actuación en la Loca de Chaillot, y por encima de todo extrañaba sentirse útil en un país donde todo estaba por hacer, donde podía llevar a la Sinfónica de Bogotá para inaugurar con 50 mil personas la concha acústica de Cali y se regresó, (me había impregnado de algo épico dentro de mi). Fanny es de esas personas capaces de cualquier sacrificio por Colombia y se nota en su agradecimiento absoluto a la gentes del país, donde según ella misma puede tener un amigo muy culto, un músico, un drogadicto, ir a las casas de putas y ponerse a charlar con ellas. Fanny sabe muy bien que los artistas son los únicos capaces de evadir la condición de clase. Por eso y por las reminiscencias de Buenos Aires, alguna vez montó un espectáculo de tango, con poema de Borges y temas de Troilo, Discépolo, Piazola. Alguna vez de visita en un burdel de Medellín, volvió a ver el carolito porteño, la carterita, el traje abierto en la pierna, las aguas fuertes de Roberto Arlt, precisamente cuando empujaba la moneda en la rocola para que surgiera eI tango. Fanny no ha perdido a la Argentina. Tiene la virtud de haberse ganado dos países, el de la salsa (soy mezcla de rumbera y zanahoria, creo en amar a un hombre, en la pareja y en el trabajo, que si es el que a uno le gusta, como que transita muy bien por este mundo) y el del tango, el de su acento infranqueable para el rolo, el de su imposición ante el espasmo (una vaina de esas no me vuelve a dar, porque yo no me dejo, se acabó eso, no existe, sólo la vida y el teatro), el país que la vio alguna vez esperando el desorden que por estos lados se le ordenó.Una mona que llega en lanchaFanny no oculta nada, aunque tampoco se muestra opulenta para hablar de sí misma. No le importan las historias de serruchos. Conoce un país real, como el del actor del TPB a quien encanó la Policía en Santa Marta por tener una chicharra de marihuana y ella se fue a la estación y convenció al comandante que se quedaba de rehén para que el actor pudiera hacer la obra esa tarde. Ha estado en Tadó, ha visto los paraguas rosados de las negras mientras se movían las sillas de Tonesco y allí mismo, alguna vez le prestaron el atrio de la iglesia para que presentara la función. Uno de esos temporales huracanados del Pacífico amenazaba con llevarse todo al cielo, pero Fanny convenció al cura -un tipo más bien joven y liberal- que le prestara el altar mismo de la capilla, para presentar Toma tu lanza Sintana, una obra más bien pagana. Los campesinos de la Costa Atlántica más de una vez han visto aparecer a una mona encaramada en una lancha y otras lanchas llevando por los ríos las escenografias, las viejas de los pueblos han salido para verla como la Loca de Chaillot. Se acuerda de alguna vez en Cucutilla donde los campesinos de una cooperativa le compraron una función y como no cabía la gente el pueblo exigió que se hiciera en la cancha de fútbol; recuerda los sancochos servidos en hojas, las tragantinas pantagruélicas con el populacho, la yuca, el maquillaje rodando por la cara bailando porros, los amores de quienes ya no se habla; recuerda también que de noche se habla de una manera distinta que de día.La vida públicaLos que ahora vivimos en un país cada vez menos prejuiciado, que podemos gozar del mínimo de libertad y a veces llamar las cosas por su nombre y no ser una especie de apéndice colonial de la moral monacal, le debemos agradecer mucho a Fanny Mikey. Hace 25 años, en 1960, Fanny produjo el primer desnudo de que se tenga recuerdo (salvo por la India Catalina) en la historia nacional, Arturo Camacho Ramírez y IIernán Díaz publicaron un libro llamado "La vida pública" y las fotograf¦as de Fanny desnuda causaron una virtual revolución en el mojigato país. Muchos cincuentones ann recuerdan a Fanny por aquellas hojas de papel (eran desnudos castos y divinos. Estaba organizando los festivales de arte de Cali y viajé a México para conseguir algunas cosas. Tuveque presentarme a la embajada y la secretaria me anunció. El embajador de entonces salió de su oficina y dando voces ante el estupor de la dactilógrafa dijo: "Ay Dios, la vida pública en mi despacho"). De aquella época la desaparecida Marta Traba escribió: "A Fanny Mikey no la recordarán por Edipo Rey o la Loca de Chaillot, si no por haber hecho parte de la vida pública.Fanny sabe que ya no es joven, pero al mismo tiempo entre sus vestidos ahora exóticos, iluminados, como si algo de los centenares de vestuarios y escenografias se le hubieran enredado, hay algo que cuida decididamente. (Soy coqueta porque soy linda por dentro, me cuido el cuerpo porque me encanta, porque mi profesión es estética. No tengo edad y me importan un carajo la arrugas de la cara (de tanto expresar debe ser) y debo ser como loca porque igual hablo con uno de ochenta que con otro de quince).Quizá por eso Fanny sólo anora una cosa: haber nacido mulata y caribena, salvaje y gozona (tropical hermano mío... porque sin mar absolutamente nada, querido). Los que la conocen dicen que deja de hablar rápido cuando llega al mar.¡ Aburguesado mamola!Todos saben que se salió del TPB, que fundó el café concierto La Gata Caliente, que presentó allí Véanme, que poco a poco dejó de llevar el bulto económicamente, que se jartó definitivamente de los grupos de teatro aunque ellos la formaron y que un dia se le metió en la cabeza fundar una sala de teatro donde llegaran los grupos, las compañías, los espectáculos, pero sin ser receptáculo obligado de ideología. Se inventó el Teatro Nacional, robuscó hasta que lo construyó, vendió sillas, pegó ladrillos, hizo enemil rumbas para eonseguir financiación y finalmcnte con un elenco excepeional, estrenó El Rehén. (No me he equivocado al crear una casa de teatro, donde todos los actores ganan por la representación, por los ensayos, donde se agotan las localidades y lo que más hermoso me parece es poder demostrar lo que valemos nosotros los actores, en un país donde fuera de la plástica, que es la niña bonita, los demás artistas se mueren de hambre, porque los empresarios no dudan en pagar millonadas por "El Puma", pero nada por una buena obra de teatro. Ahora los actores del Teatro Nacional en las diferentes obras comen bien, viven bien. Que el Teatro Nacional se ha aburguesado, ¡mamola! No tengo auxilios, tengo que romperme el alma, me busco mis propios espectáculos y la sala siempre está llena. De resto, no quiero llorar más en público.Fanny afirma que en los últimos tres años se ha dado una fuerza increíble al panorama de los espectáculos de Bogotá y que la existencia del Teatro Nacional ha sido importante en ese terreno. Los teatros, los auditorios, sicmpre están llenos y Fanny ve en ellos a buena parte del público que ella ereó en el Nacional con sus 42 espectáculos nacionales y 18 internacionales desde que existe. (Se ha creado en Colombia un respeto por el actor, porque además existe una clase dirigente más permeable, que camina con el país, y que gusta de la cultura. Me aturren los paternalismo baratos. El obrero no tiene plata para ir al cine. Aunque no por ello el obrero no entiende el teatro. Yo fuí la primera persona con el TPB en venderle funciones a la clase obrera).
Frasesitas stalinistasEn Buenos Aires Fanny Mikey fue educada por la izquierda, la misma que en un principio no apoyó a Perón y que cuando lo quiso hacer ya era tarde, y todo terminó en un cuerto despelote. En Colombia, durante muchos años Fanny trabajó con los comunistas. Poco a poco se fue alejando. Algunos hoy la tíldan de actriz burguesa y otras frasecitas stalinistas. Fanny tiene su propio análisis, decantado entre tanta creación colectiva, funciones de barriada (cuando me dicen burguesita me muero de risa, porque la persona que vendía las obras de la izquierda al "capitalismo", era yo. Tuve desde luego mi época mamerta, pero estoy convencida de que con el teatro nunca vamos a hacer la revolución, aunque sé que el lenguaje teatral ha ayudado mucho al proceso. En la televisión es obvio que haya censura porque la maneja el gobierno, pero no la siento en el teatro. Durarlte 14 años estuve al lado de la izquierda en el TEC y en el TPB y ahora me molesta un poco que los grupos que hacen teatro político hagan mal teatro, porque el teatro político hay que hacerlo doblemente bien. No puedo permitirme tampoco lujos burgueses, como el de hacer un solo personaje una Sarah Berndhart. Creo en la revolución de Virginia Woolf, la que hace que las parejas se conozcan y se entiendan. Eso sí, el actor en Colombia de todas maneras es un trabajador de la cultura. Aquí no surge una Marilyn Monroe, porque no somos juguetes de ningún Holywood.Soy gente chévereAlguna vez un actor ruso le dijo a Fanny Mikey que jamás podría ser gringa o paisa, o cosaca, que era simplemente alguien que con el mero hecho de estar en escena, hacía vibrar al espectador. Y ella lo ha practicado durante 35 años. Poco de maniqueísmo (mi personalidad es más fuerte que lo que yo pueda hacer del personaje), y quienes la hemos visto en una y otra obra, sabemos que siempre es Fanny Mikey, la niña portera, el ratón Mickey de la pandilla, la que se hacía la rabona (capaba colegio) para irse a pasar el día en la estación del ferrocarril, sin saber porqué, sometida a un encantamiento absurdo por las bielas de las locomotoras, y los gritos de los cobradores.
Ahora siente que es una buena actriz, no una muy buena actriz, que tiene ángel y que demuestra que sabe y que ama lo que hace (apenas una buena actriz).
Cada cierto tiempo Fanny se va de la ciudad que ama, en la que vive feliz y que no cambia por ninguna: Bogotá. Aparece en Londres, en París, en Nueva York, se da un remojón de 15 o 20 obras que a la postre le sirve para saber que está haciendo las cosas bien, que no se equivoca. (Cuando pienso en algo lo mastico un año y sólo mis pensamientos son realizables con un equipo de trabajo. Sé que el arte es el azar y no me equivoco porque no soy ni tan intelectual ni tan culta. Por visceral intuyo lo que le gusta a la gente de Bogotá. Por eso en El dorado, de regreso, siempre pienso: qué rico volver a Bogotá).Fanny lee a la Yourcenar, una autobiografia de Vittorio Gassman y define esa palabra que tanto le gusta, el encoñamiento, como vocación, cariño pasión. Por ahí se le van las palabras a los amores acabados, empieza a despotricar contra la moral cavernaria de ciertas personas, se pone enérgica cuando dice que no tiene los tabúes de mucha gente del país, que por tenerlos se niegan el acceso a buena parte de la vida real. Dice venir de una cludad donde no existen los apellidos porque el 95 por ciento de sus habitantes son hijos de inmigrantes (la gente me gusta o no, no tengo esos problemas de árboles no genealógicos sino ginecológicos. No soy gente bien. ¡Soy gente chévere!).El vaho de las lamparasFanny Mikey defiende antes que nada la amistad y se nota que tiene absolutamente afincado el sentido de la fraternidad, casi hasta el punto de la conspiración. De repente da la idea de una persona que se ha dado duro en la vida, que la ha camellado hasta el fondo. Se la puede notar tensa, dudosa o completamente relajada y autosuficiente. Es una actriz al fin y al cabo. Destila seguridad y muchas veces algunas de sus frases atropelladas, permiten suponer cierta interpretación por encima de sí misma, como si no podiera dejar de entonar las palabras para transmitirlas con más eficacia. Uno se pregunta: ¿estará quizá soltando una parrafada de algún personaje? ¿Es ella misma? Al final de la conversación se opta por pensar que sí, que es ella, que de tanto verla ahí al frente, fuera de escena, parece imposible extraerla del olor de la pintura de la escenografía, del vaho eléctrico de las lámparas, de los potes de afeites. Dice que no es astuta y que ese es su peor defecto. Se define como una actriz poco dúctil y se puede entusiasmar hasta las lágrimas cuando en alguna rumba ve seis u ocho amigos (de verdad amigos, hermano mío) de hace 25 años y uno de ellos se le acerca y le dice: "Sigue así de joven, porque de ese modo somos jóvenes nosotros"
(Inventaré siempre rumbas desaforadas, totales, porque quiero que los amigos siempre nos volvamos a encontrar. Cada día nos morimos en seguidita y ¿cuánto tiempo pasamos sin vernos?)