sábado, 25 de abril de 2009

REQUIEM ANTICIPADO


Como a un hijo que llora anticipadamente a su padre que sabe muerto dentro de poco, para la literatura colombiana se aproxima uno de los lutos más grandes por la dolorosa culminación de labores de la revista literaria Puesto de Combate a la que, según su mentor y director Milcíades Arévalo, le queda muy poco tiempo de existencia. Puesto de Combate es una revista que durante 38 años les ha servido de plataforma a noveles escritores del país, sobre todo regionales, y en la cual han hecho escuela muchos de los que ahora son y han sido reconocidos nacional e internacionalmente.

Sí, es un luto anticipado, un dolor que se aproxima y que, aún sin llegar, ya se siente como un batazo en la cabeza. Perdón, nada somático. Más bien un dolor por allá en el alma que, para colmo de males, no tiene cura. O mejor, que sí la tiene, pero que quienes pueden hacer algo, no están interesados, que es lo mismo, como un médico que, con el paciente ad portas de la muerte, evade su responsabilidad pretextando que es su hora de almuerzo.

Milcíades Arévalo es, ante todo, un marinero. Un marinero al que Bogotá, por muy sin mar que sea, no le ha impedido seguir su condición de navegante. Por eso, después de muchos años de sortearse la vida entre empleos esporádicos y ciudades de distintas regiones del país, apuntó su brújula a la capital en la que vive desde hace más de 40 años.

Soñador, como todos los marineros, quiso emprender un viaje tan incierto como los que, en otros tiempos, hiciera a bordo de los barcos: fundar la revista de literatura Puesto de Combate el 23 de septiembre de 1972. Y lo hizo, y ha sido capaz de mantenerla viva pese a la falta de apoyo gubernamental e incluso a la censura impuesta por el presidente Turbay Ayala quien, en un acto de total desconocimiento, ordenó impedir las publicaciones de la revista pensando que Puesto de Combate era un hervidero de escritores contradictores de su gobierno. Pero la cosa no era así. El nombre de la revista obedece a un juego lingüístico que hace referencia a Puesto como un lugar, y a Combate, como la lucha que los escritores libran con las palabras.

Es entendible que un presidente no entienda, y que haciendo uso de su pedantería, la haya clausurado en su momento. Pero Milcíades no se dio por vencido. Por el contrario, siguió empecinado en continuar el viaje y no quedarse en el puerto más cercano sólo porque una tormenta débil lo estaba amenazando.

Por su revista han pasado personajes de la literatura colombiana tan importantes como Raúl Gómez Jattin, Evelio José Rosero y Efraím Medina Reyes, entre otros, sin contar con las colaboraciones que recibía de poetas y narradores internacionales.

Milcíades creyó, y sigue creyendo en los escritores colombianos como no lo han hecho los entes culturales del país que, despiadadamente han favorecido solamente a los que se ganan sus afectos, nunca por supuesto, a punta de buena literatura, sino de rasgos más vinculados con las relaciones personales, sepultando injustamente a otros que sí merecen ser tenidos en cuenta.

Amigo de casi todos los nadaístas, especialmente de Gonzalo Arango y Jaime Jaramillo Escobar, Milcíades, a pesar de su apariencia tranquila y reposada, ha trabajado incesantemente por ofrecerles a los escritores noveles del país, un espacio en donde puedan publicar sus textos, para hacerlos conocer y para abrirles las puertas del difícil mundo literario.

Puesto de Combate se acaba, y el Ministerio de Cultura, y el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, muy bien gracias. Sólo la Cámara Colombiana del Libro le ha ofrecido a Milcíades un stand en la próxima Feria Internacional del Libro, como en algunos años anteriores. Un stand, vacío, que Milcíades llenará con la revista Puesto de Combate y con algunos libros publicados por La Sociedad de la Imaginación, editorial que también él maneja. Un stand al que llegarán a preguntar por la revista que Milcíades, sin ningún problema, les regalará si no tienen dinero para comprarla.

El pasado sábado que lo visité en su casa del barrio la Candelaria, lo noté disminuido, como si ya estuviera resignado a ver desaparecer la revista a la que le ha dedicado su vida. Sentados, tomándonos un café en el Juan Valdez frente a la biblioteca Luis Ángel Arango, hablamos de muchas cosas y, entre ellas, de la revista. Los lentes amplios que usa no pudieron esconder los rasgos opacos de sus ojos mientras hablaba. Me dijo que está cansado, que definitivamente la revista dejará de existir al llegar a la número 80, y que actualmente trabaja en la publicación número 74.

Ahora, gracias a las posibilidades que brinda internet, la revista está en la red: http://www.puestodecombate.com/. Allí, en los links del lado izquierdo hay uno especial. Cómo ayudar, en el que puede leerse la frase: “En estos de días de total abandono por el mundo quijotesco de la literatura queremos solicitar su ayuda para poder seguir difundiendo a los escritores conocidos y desconocidos. Sus donaciones son bienvenidas no importa de que parte del planeta vengan. Favor contactarnos”.

Eso nos dice mucho. Y para quienes reconocemos el trabajo de Milcíades y la importancia de la revista para la literatura del país, el golpe es duro. Y es duro sobre todo porque sabemos que esta tragedia no lo es para las élites literarias del país a las que la ceguera que les produce la falta de seriedad y compromiso no les permite dolerse mínimamente por el hecho.

JOHN JAIRO RODRÍGUEZ SAAVEDRA
Corrector de estiloCorreo: johnrodriguezsaavedra@gmail.com

PRÓLOGO DEL LIBRO UN CACHORRO SALVAJE Y OTROS CUENTOS



Hay quienes creen que el autor se esconde detrás de sus personajes y de sus tramas, convirtiéndose en un dios implacable que gobierna el universo de su obra, o que a veces se comporta como un cobarde para esconder sus propias miserias. Pero la obra siempre trasciende al autor y toma su propia identidad, reclamando el derecho a la libertad interpretativa. Existe una tendencia general a asociar los contenidos de las obras con referencias biográficas de sus autores, haciendo que las obras se conviertan en apéndices o contenidos miméticos de la vida del escritor. Esta mirada niega a la literatura su poder de vuelo, su facultad de ser un universo propio y su fuerza para transformar el mundo. Las obras son mejores o peores que sus autores y esta suerte de cordón umbilical debería ser roto a la hora de ponderar un cuento, una novela o un poema. Por el afán de asociar el contenido de la obra con la vida privada del autor se han cometido arbitrariedades e históricas condenas judiciales y morales, para vergüenza de la humanidad. Otra cosa es referirse al trabajo del escritor como ser creativo para quien la literatura puede ser un antifaz, una armadura que lo aísla de todo, menos del estremecimiento; el escritor tiene algo o todo de camaleón; la escritura es la creación de un lugar donde el autor se desnuda de trinquetes sociales para vestirse de palabras capaces de provocarle el vuelo.

Milciades Arévalo, el mismo que hace de la poesía su Puesto de combate, ese mago de las ediciones capaz de hacer surgir revistas y libros como respuesta a los escollos del mercado editorial, aquel eterno niño enamorado de la poesía, en apariencia tímido y casi frágil, juguetón como un gato de cristal, ha creado un mundo en donde los personajes son apenas un pretexto para plantear la obstinada pregunta por la soledad. Porque las tramas de estos cuentos son una y la misma: la angustia por la soledad y esa búsqueda compulsiva del amor. No importa si su nombre es Lavinia, Ana Magdalena, Dinara o Alina, la mujer es siempre la promesa de una felicidad que se escurre entre las manos, que se evade por la ventana para volar en medio de los edificios, que se esfuma en un sueño o se escapa con un puma que acaba de aparecer en el baño. La recurrencia de imágenes y escenas eróticas es un juego permanente que además de incitar en el lector su propia fantasía, le recuerda la angustia por trascender la condición de abandono, la necesidad de atarse a otro o a otra que siempre forma parte de la ficción.

Otra presencia recurrente en estos cuentos es el cuerpo de los libros y las alusiones a la literatura como elemento vital, poder seductor que salva al protagonista de su miseria afectiva. Son los libros la otra cara del amor, la fuerza que llena para no desfallecer ante las cargas cotidianas de un mundo plagado de deberes y normas lejanas o negadoras de lo humano. Los libros y el espíritu que los ha engendrado son lo único que permanece, la única eternidad que, a falta del amor, ayuda a sobrevivir en medio del abandono.

Más allá del insólito Milciades, misionero de la poesía, la invitación es para que lectores y lectoras se enfrenten sin piedad a este Cachorro salvaje y en este combate por extraerle sus jugos y desechar sus huesos, alcancen a saborear el amor, el pálpito de la poesía. Tal vez hurgando en sus recurrencias pueda hallarse el antídoto contra esa tediosa compulsión a huir de la soledad.

Luz Helena Cordero Villamizar (poeta y narradora).
Bogotá, D. C., 20 de abril de 2009.